lunes, 25 de noviembre de 2013

La nochebuena de 1836

La nochebuena de 1836 es un artículo de Mariano José de Larra publicado en El Redactor General el 26 de diciembre de 1836. En él, se narra el supuesto día 24 de Larra de ese mismo mes y año. Me centraré en el aspecto fantástico que Larra imprime a un suceso en principio completamente natural y real (su criado se emborracha):

"Me entré de rondón a mi estancia; pero el cuerpo me siguió con un rumor sordo e interrumpido; una vez dentro los dos, su aliento desigual y sus movimientos violentos apagaron la luz; una bocanada de aire colada por la puerta al abrirme cerró la de mi habitación, y quedamos dentro casi a oscuras yo y mi criado, es decir, la verdad y Fígaro, aquélla en figura de hombre beodo arrimada a los pies de mi cama para no vacilar y yo a su cabecera, buscando inútilmente un fósforo que nos iluminase.
Dos ojos brillaban como dos llamas fatídicas en frente de mí; no sé por qué misterio mi criado encontró entonces, y de repente, voz y palabras, y habló y raciocinó; misterios más raros se han visto acreditados; los fabulistas hacen hablar a los animales, ¿por qué no he de hacer yo hablar a mi criado? Oradores conozco yo de quienes hace algún tiempo no hubiera hecho una pintura más favorable que de mi astur y que han roto sin embargo a hablar, y los oye el mundo y los escucha, y nadie se admira."

En este fragmento Larra dota de un carácter fantástico y misterioso a su criado. Una escena tan corriente como pudiera ser un criado borracho con su señor en una estancia, se convierte en un lugar apenas iluminado, donde el aire cierra las puertas a su antojo. El criado se convierte en un "cuerpo" con ojos como "llamas fatídicas", cuerpo del que misteriosamente salen "voz y palabras"
Este cuerpo que habla se dirige a Larra para mostrarle la "verdad", y este último al no querer escucharlo se dirige al criado primero en un tono real "Silencio, hombre borracho." para después pasar de nuevo a la fantasía "Por piedad, déjame, voz del infierno."



Finalmente, será el propio Larra el que admita este tono de irrealidad del que ha dotado a la historia:

"En fin, yo cuento un hecho; tal me ha pasado; yo no escribo para los que dudan de mi veracidad; el que no quiera creerme puede doblar la hoja, eso se ahorrará tal vez de fastidio; pero una voz salió de mi criado, y entre ella y la mía se estableció el siguiente diálogo"

domingo, 24 de noviembre de 2013

El aparecido

El fragmento que he seleccionado fue publicado en La Mariposa en 1839 como parte del relato El aparecido, sin firma. El párrafo en cuestión es el siguiente:


"Algún tiempo después corrió la voz de que se veía, a deshora de la noche, a un espectro que vagaba en derredor de la casa del difunto señor, y había quien afirmaba haber oído salir de ella un ruido confuso, por entre el que se distinguía una risa tan aguda y satánica que temblaban los vidrios y saltaban los muebles con horroroso estrépito. Las rejas de hierro que circundaban el jardín se encontraban abiertas al día siguiente, sin que nadie hubiese pasado por allí.
Este trastorno sobrenatural se extendió también a las cuadras del muerto, de manera que los caballos aparecía  siempre cubiertos de espuma y sudorosos como sí hubiesen caminado toda la noche; y, sin embargo, podía asegurarse que no había sido así, tal era el ruido de coces y relinchos que se les había oído. Hasta los perros de la casa aullaban y daban ladridos, los más extraordinarios y espantosos."



Podemos apreciar varios elementos muy característicos de la literatura fantástica del romanticismo. Por un lado se juega con la línea que separa lo real de lo imaginario mediante el uso de lo que se conoce como "habladurías", con frases como corrió la voz había quien afirmaba. Esto favorece esa atmósfera misteriosa propia de esta literatura, que se incrementa situando la acción normalmente de noche "a deshora de la noche", "toda la noche".

Otra característica que podemos encontrar es la presencia de la muerte relacionada con lo fantástico: espectro, difunto señor. El difunto aparecerá como si estuviese vivo realizando tareas propias de estarlo. Tras estas apariciones el pueblo se sumerge en un ambiente sobrenatural que dota al relato de otra característica de esta literatura romántica y la manifestación de la muerte no como algo divino sino como algo diabólico.