sábado, 30 de agosto de 2014

El estudiante de Salamanca.

El estudiante de Salamanca, es el gran poema sobre la vida y muerte de José de Espronceda. La obra está situada en un escenario y un ambiente típicamente romántico desde un principio:

 "Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego envuelta la tierra,
los vivos muetos parecen,
los muertos la tumba dejan."

El protagonista nos recuerda mucho al típico Don Juan: mujeriego, jugador, sin escrúpulos, que solo cree en la vida presente, sin miedo a nada ni a nadie. Pero a partir de la parte cuarta, con la aparición de la extraña dama, es cuando la historia enlaza con el pricnipio y comienza a cobrar verdadero interés:

"Los ojos de Montemar fijos en ella,
con más asombro que temor la mira;
tal vez la juzga vagorosa estrella
que en el espacio de los cielo gira."

En este momento es cuando comienza a producirse un desplazamiento desde el plano real al fantástico. Él está dispuesto a gozarla, e intenta convencer a esta extraña mujer de que se ha enamorado de ella, y de que deben disfrutar del momento, porque él no cree más que en el presente. La mujer a pesar de mostrarse reticente, al final acepta las peticiones del caballero. 

Una vez que el galán comienza a caminar detrás de ella, ya ha habido un desplazamiento hacia el plano fantástico. Salamanca de repente se convierte antes sus ojos, para después, de golpe, volver a reconocer dónde está:

"y ve fantásticas torres
de su eterno pedestal
arrarcarse, y sus macizas
negras masas caminar,
apoyándose en sus ángulos
que en la tierra, en desigual, 
perezosos  troncos fijan;
[...]
en derredor cien espectros
danzan con torpe compás:
y las veletas sus frentes
bajan ante él al pasar,
los espectros le saludan,
y en cien lenguas de metal,
oye su nombre en los ecos
de las camapanas sonar."

Pero a medidas que avanzamos en la historia, a cada hecho extraño que va viviendo el protagonista, va a ir dándole una explicación racional, porque él vive con extrañeza esos hechos maravillosos y no de manera natural, es decir, en un solo plano:

"¡Vive Dios!, dice entre sí,
oSatanás se chancea,
o no debo estar en mí
o el málaga que bebí
en mi cabeza humea."

Impresionante, sin duda alguna, es la bajada de Montemar por la escalera de mármol negro de manera vertiginosa a los abismos. En ese viaje pasa ante él toda la vida, hasta que quedándose sin sentido, para este descenso, descenso a otro mundo, a los infiernos. Los lamentos y la espiral interminable recuerdan mucho al segundo círculo infernal de la Divina Comedia de Dante.

"Y algaraza y gritería,
crujir de afilados huesos,
rechuinamiento de dientes
y retemblar los cimientos,
y en pavoroso estallido
las losas del pavimento
separando sus junturas
irse poco a poco abriendo,
siente Montemar, y el ruido
más cerca crece, y a un tiempo
escucha chocarse cráneos,
ya descarnados y secos,
temblar en torno la tierra,
bramar combativos vientos,
rugir las airadas olas,
estallas el ronco trueno,
exhalar trstes quejidos
y prorrumpir en lamentosdo mezclado y diverso.
todo en furios armonía,
todoe n frenético estruendo,
todo en confuso trstorno,
todo mezcaldo y diverso"


La muerte es quien ha  hecho descender a don Felix al infierno, y con quien se ha casado , ya que como dice el poema, del alma de Doña Elvira: 

"Y huyó su alma a la mansión dichosa,
do los ángeles moran[...] "

Como en ningún momento se ha arrepentido de la vida pecaminosa que ha llevado, es castigado por sus pecados, pero sobre todo por su rebeldía ante la conversión, triunfando en este caso el mal sobre el bien.


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